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Dicen que con la vergüenza, ni se come ni se almuerza. Pero este no es el caso.

A Roy Ramond le gustaba regalarle a su mujer algo de lencería sexy de vez en cuando.

Pero tenía un problema.

Sentía una vergüenza infinita cada vez que entraba en una tienda para buscar un conjunto bonito.

¿No podían esas insistentes dependientas dejarlo en paz un rato mientras elegía el modelo y fantaseaba mentalmente con verlo puesto en el cuerpo de su mujer?

Solo quería poder elegirlo a su aire, pagar e irse.

¿Era mucho pedir?

Pues parece que sí, que lo era.

Sabía que no era el único al que le pasaba esto. A muchos de sus amigos y a otros compañeros de la escuela de negocios de Stanford, en la que era alumno, les pasaba lo mismo.

A mí me pasaba igual cuando era más joven, menos desvergonzada y entraba a la farmacia de mi barrio a comprar condones.

No sé, se me ocurre que puede ser parecido.

El caso es que este potencial hombre de negocios y amante apasionado vio en su problema una buena oportunidad.

Había un buen nicho de mercado sin cubrir.

Miles de hombres queriendo alegrar un poco su vida sexual y miles de dependientas curiosas y muy poco discretas impidiéndoselo.

Moscas molestas detrás de su comisión.

Este drama tenía que acabar.

Y si podía ganar dinero haciéndolo, el plan era redondo.

En 1977 abrió su primera tienda de Victoria,s Secret en el centro comercial de Stanford. Y añadió un catálogo de venta por correo.

Tal fue su éxito, que poco después, abrió tres más.

El secreto, nunca mejor dicho, era un ambiente pensando en la comodidad de los hombres. Podían curiosear y mirar cuanto quisieran sin ser importunados, los conjuntos que se exponían en las paredes.

Como el que visita un museo y quiere admirar los cuadros tranquilamente y a su ritmo.

Cuando elegía un conjunto, un asesor le ayudaba con el tema talla y demás.

Cinco años después tenía 6 grandes almacenes, un catálogo de 42 páginas y facturaba 6 millones de dólares al año.

Sorpendentemente, decidió vender su empresa a la firma The Limited y acabó suicidándose años después. Pero eso ya es otra historia.

Hasta aquí, ya nos sirve para aprender una importante lección de ventas.

El bueno de Roy sabía que como él, había mucha gente que tenía un problema al que el mercado no daba solución.
Supo comprenderles y ver sus puntos de dolor.
Cómo se sentían, lo que les preocupaba… y supo diseñar el servicio que buscaban.

Es lo que hace exactamente un buen copywriter.

Investiga y encuentra los puntos de dolor del cliente, y le da una visión de la solución que necesita.

Porque puedes haber diseñado el mejor producto como como Roy Ramond. Pero si no se lo haces ver a tus clientes…

Es como el que tiene un décimo premiado en el bolsillo y mete los pantalones en la lavadora sin llegar nunca a saberlo.

El resultado es papel mojado.

Si crees que debes mejorar la forma en la que presentas lo que vendes para aumentar tus ventas, a lo mejor quieres darme un toque y vemos lo que podemos hacer.

Feliz día,

Sandra

www.copyterapia.com